sábado, 12 de septiembre de 2009

ACERCA DE ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA DE FRIEDRICH NIETZSCHE

A la filosofía de Friedrich Wilhelm Nietzsche se la clasifica como vitalismo. A este respecto comparto la postura que se esfuerza por disgregar el verdadero saber de los academismos, en el sentido de luchar por no querer clasificar todo carácter y visión, para reducirlo a una neta definición por el sólo hecho de ver unas elucubraciones similares a otras. Con tal aclaración, podemos decir ahora que en Así habló Zaratustra el filósofo alemán toma la figura del profeta y lo torna en un modo de ser que rebasa de antemano toda definición posible, como si el carácter y la personalidad del Zaratustra, alusivo al mito del conocido mago persa Zoroastro, llegara de súbito a nuestro entendimiento. Tomar a un profeta y elevarlo a calidad de hombre auto-redimido no es sencillo, y es que el profeta, la figura simbólica del profeta es el hombre redimido pero por Dios, no por el poder la voluntad humana en sí. Para Nietzsche Dios a muerto, el Dios cristiano a muerto, es más toda deidad que more en un mundo de aire y de promesas a perecido y ahora la humanidad se tiende en pos de la sublevación para acceder a la perfección, por la voluntad de sí misma. Otra de las figuras del profeta que tienen en su tinte literario no sólo estilística y ficción, como pensarían algunos, sino condición real, noción histórica e introspectiva, auto- refleja, es decir; surgen como un espejo de nuestro estado ideal, visto desde el ahondamiento causado por la conciencia que se enfrenta a sí misma y como una tendencia hacia el pináculo del ser, es el profeta del poeta libanés Gibran Jalil Gibran. En éste último el profeta es más ser humano. Es que en Así habló Zaratustra, el profeta no es el superhombre, es un ser “único”, es un heraldo que anuncia la buena nueva, es el que ha vislumbrado una realidad donde el ángelus a seducido sus sentidos, para así anunciar la inevitable alborada. La modificación axiología es una de las propuestas más elementales de Nietzsche, en el Zaratustra se ve reflejado con claridad en un síntesis exquisita entre prosa y verso, poesía-filosófica o filosofía-poética.
He de confesar que uno de los textos que me hizo adéntrame a la filosofía fue precisamente este ejemplar que seduce al lector desde un principio. Este libro seguramente tiene el poder de conmover reflexivamente a todo aquel que se sumerja en sus líneas. Que, aunque aquel carezca de la terminología propia del área, consigue intuir una actitud hacia la vida, que eso es propiamente la filosofía. El texto vuelca las conductas y normas, o por lo menos las pone en tela de juicio, es decir, en resumidas cuentas, nos hace pensar. Lo anterior es un verdadero ejercicio crítico, introspectivo, y es que todo texto que ocasione esa necesidad en el lector a cumplido un cometido importante, aunque eso sea producto intencional o no por parte del autor. En filosofía siempre se busca la persuasión, el convencimiento.
El superhombre es la tesis principal de este compendio de reflexiones, de esta obra monumental, si bien sus ideas fueron tomadas y dirigidas hacia contextos muy alejados de sus expresión original, como ocurrió con el nazismo en la segunda guerra mundial, uno puede sentir el espíritu de un hombre que quiere compartir una verdad curativa, para los demás. Podríamos decir que en el fondo toda verdad es curativa, aunque al principio duela, pero el dolor es sensación, el sufrimiento es ya intelectual. El Buddha histórico, Siddhartha Gautama; mostraría eso al decir que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional. Y es que Nietzsche habla del eterno retorno, semejante a las ideas de Oriente, tanto en el buddhismo, como en su fuente; el hinduismo, y sus cientos de ramificaciones, y caracteres devocionales. Pero el filósofo teutón tenia más cerca la figura del oscuro filósofo Heráclito que vio en el fuego el hálito y el candor de la impermanencia y la fugacidad de las cosas. Es que ya Schopenhauer, el mentor de Nietzsche, dio el impulso a la idea del velo de maya, también de origen hindú ésta. Schopenhauer, vería en las cosas una impermnencia, y la fuerza de la voluntad, ciega e irracional, para él la cosa en sí es la voluntad, no sería como para Kant al decir que el conocimiento es inaccesible a la verdad, por la constitución propia del hombre, por sus categorías mentales. Así tanto decir que la ley del cambio es lo único que no cambia, y tomar la voluntad de poder, que en las caso de Nietzsche, ésta es creadora, se suscita un nuevo saber filosófico, parecido al del renacimiento al decir que el hombre es la medida de todas las cosas, como dijera en su momento el filósofo griego Protágoras. Por lo anterior también se le tilda de relativismo al pensamiento de Nietzsche.
Todo libro es mancomunado a su contexto. Hay autores que parece que le escriben a un tipo de lector que vendrá, tienen la esperanza de ser leídos por otros que vendrán con la mente modificada prestos para oír buenas nuevas, esos autores parecerían más como de ciencia ficción, tenemos el ejemplo de H.G Wells, de Julio Verne, ellos fueron profetas sociales, aventureros de la imaginación humana. La imaginación es más importante que el conocimiento diría ya en su momento Albert Einstein.
El profeta es un ser imaginativo, es como el joven idealista, sólo que el profeta es puntitivo. Es como un actor ideal, esta en el aquí y en ahora, en el momento presente así prescinde de sus miedos, mejor dicho, los erradica, se ha vencido a sí mismo, su odio se ha disuelto, y sólo ama, se ha tomado así para destruirse y volver a nacer. En efecto el camello se ha tornado león, y luego a pasó a ser niño. El niño es el emblema de la filosofía pura, es asombro, inocencia, afán de búsqueda, es el “yo sólo se que nada sé” socrático. Podemos citar al célebre Goethe diciendo “El niño es realista; el muchacho, idealista; el hombre, escéptico, y el viejo, místico.” En el Zaratustra de Nietzsche todo eso converge, en un sólo momento en un sólo hombre que vive el presente eterno, viendo un sólo punto, vive la experiencia similar a la que ejemplifica Borges en su Aleph. En efecto creer es crear, aquí el hombre ideal, es la voluntad creadora presente, encarnada en hombre, en un ser autónomo, vital y muchas cosas mas, pero sobre todo conciente, supra-cociente.

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