
martes, 25 de agosto de 2009
sábado, 22 de agosto de 2009
COMENTARIO ACERCA DEL ARTE RETÓRICA DE ARISTÓTELES (LIBROS I, II, III)
Cuando nos disponemos a emitir algún juicio ante el oyente, debemos conocer con necesaria precisión, que nuestras ponencias deben gestarse mediante un proceso reflexivo elaborado con anterioridad. Por ello es bien sabido, que al hablar sobre algo en específico, tendremos, pues, que cargar nuestras palabras de un conocimiento previo, es decir; hablar con episteme ( conocimiento) y no con doxa (opinión). Es evidente que el saber común, generándose éste por consenso, nos concede la pauta, siendo ésta de alcance general, sobre la que se toma lo fidedigno. De ésta forma nos resulta claro qué norma hay que seguir para construir un discurso avocado hacia la compresión, no sólo en el ámbito propio de los doctos, sino en el del público no especializado. Pues los oradores saben que es hacia éste último al que se dirige primordialmente el discurso. Ya que se habla de lo particular pero en un sentido general.
El estagirita nos expone a la retórica como el arte que se vierte en toda ciencia, más no le pertenece propiamente a ninguna, ya que es posible deliberar sobre cualquier cosa. Contando que, para la deliberación es menester un método idóneo, recalquemos que éste método no le compete al que ignora el arte; tan sólo al capaz de manifestarlo, pues éste conoce bien sus causas. No todo hombre se encuentra adiestrado ni por el don innato, ni por el de la práctica, para dar un buen discurso. Esto debido a que la retórica forma parte de un constitutivo que se manifiesta en distintas áreas del saber.
Evidente, pues, resulta nuestra ponencia acerca del arte del “buen hablar”, más no por ello se demerita la misma. Puesto que decimos que el arte del verso y el de la prosa tiene su origen mediante la sensación y la reflexión. Ahora el principio racional se adhiere a la tendencia dionisíaca, conjugándose así en el sendero que arma el compendio de elementos propios de la retórica.
Si tenemos que el entimema es la base del argumento retórico; porque tiene como fin la persuasión, y, a quién persuadimos, sino al oyente. Notamos así una dialéctica. Aunque, no propiamente como tal, puesto que, el que domina, el que lleva la voz cantante, en el sentido más literal de la palabra, es el orador -esto en el momento, en que, al parlante le pertenece el público-. Será por ésta instancia, un caso donde el orador retome lo inteligible de la realidad -lo poco o mucho- que habite en su entendimiento. Plasmando así el poder de su juicio, y mediante ello; tomar la batuta de la pasión, llevando al oyente a un compás, a una cadencia con tintes melódicos y dignos del carácter lógico y catártico.
El orador tiene que estar preparado, tanto en lo concerniente a la palabra como al ademán, y también en todo aquello perteneciente a las luces del juicio correcto. Asimismo el que habla debe mostrase acorde a quienes habla. Al ser la persuasión un fin retórico, la virtud y la benevolencia son ejemplos de aquello de lo que debe servirse el que pretende llegar al que presta atención. El demagogo y el falaz tienden a persuadir por cualquier medio que esté a su mano. Muchos opinan e ignoran las causas, más todo y eso, así llegan a mover pasiones, y pueden convencer profundamente.
Debido a que el hombre se mueve en parte por los sentimientos, si el orador consigue la empatía es posible que logre su cometido de persuasión. El fin varia dependiendo de cada discurso, a la vez de que, cada tipo de discurso se sirve de ciertos elementos para logar su cometido. Por ejemplo las fabulas son muy apropiadas para los discursos dirigidos al pueblo, debido a que mediante las fábulas se comprende la semejanza. De igual modo las parábolas se pueden utilizar, además de la argumentación, el adagio y por supuesto el entimema. Aristóteles pinta un bosquejo mediante el cual nos podemos apoyar para la adecua actualización de la retórica. Claro está que siguiendo una metodología nos es posible dominar cualquier tipo de técnica y más si a ésta le dedicamos tiempo, y dicho expresamente práctica.
Existen distintos modos para pronunciar cada tipo de discurso, distintos modos para argumentar, y también muchas formas de interpretación o diversas maneras de construir un estilo que conmueva el alma del espectador. Atendiendo a cada tipo de fin, se localiza todo aquello acerca de lo que se dice o se pretende decir. Así podemos conseguir un resultado ideal. En otras palabras, a medida que, ejercitamos nuestras dotes propias de la oratoria, podemos lograr un buen ejercicio retórico.
Tanto el manejo de la voz y todo lo que a ésta le compete, como por ejemplo; respiración, dicción, entonación, los diversos matices, resonancia sonoridad, además de; capacidad histriónica, los diversos matices de ésta, estados de ánimo, etc. Así como el conocimiento de lo que se va a hablar, para quién, y con qué objetivo. Pues se debe tomar a consideración, desde el momento de su concepción, de su emprender estructural, que el discurso debe llevar implícito, en las palabras, las letras, y en la conciencia del que lo emite también, una firme dirección para la cual proyectarse con profundo afán.
La capacidad para argumentar, tanto por escrito, como en el ámbito oral, es algo que debe trabajarse, también el arte de la voz y el de la expresión corporal, esto porque; el ser humano es un cúmulo de potencialidades esperando por lógica evidencia ser actualizadas. El arte retórica es una aplicación de antiquísima usanza dentro del área comunicativa. Queda entonces por éste medio la prueba que demuestra, como el hombre retórico, el verdadero retórico es todo un artista, ya que le es accesible el hacer vibrar a un “espíritu ajeno al suyo”.
Roberto Fernando Tarratz Rodríguez
martes, 18 de agosto de 2009
LA LUNA (1)

Cuenta la historia que en aquel pasado
Tiempo en que sucedieron tantas cosas
Reales, imaginarias y dudosas,
Un hombre concibió el desmesurado
Proyecto de cifrar el universo
En un libro y con ímpetu infinito
Erigió el alto y arduo manuscrito
Y limó y declamó el último verso.
Gracias iba a rendir a la fortuna
Cuando al alzar los ojos vio un bruñido
Disco en el aire y comprendió, aturdido,
Que se había olvidado de la luna.
La historia que he narrado aunque fingida,
Bien puede figurar el maleficio
De cuantos ejercemos el oficio
De cambiar en palabras nuestra vida.
Siempre se pierde lo esencial. Es una
Ley de toda palabra sobre el numen.
No la sabrá eludir este resumen
De mi largo comercio con la luna.
No sé dónde la vi por vez primera,
Si en el cielo anterior de la doctrina
Del griego o en la tarde que declinaS
obre el patio del pozo y de la higuera.
Según se sabe, esta mudable vida
Puede, entre tantas cosas, ser muy bella
Y hubo así alguna tarde en que con ella
Te miramos, oh luna compartida.
Más que las lunas de las noches puedo
Recordar las del verso: la hechizada
Dragon moon que da horror a la halada
Y la luna sangrienta de Quevedo.
De otra luna de sangre y de escarlata
Habló Juan en su libro de feroces
Prodigios y de júbilos atroces;
Otras más claras lunas hay de plata.
Pitágoras con sangre (narra una
Tradición) escribía en un espejo
Y los hombres leían el reflejo
En aquel otro espejo que es la luna.
De hierro hay una selva donde mora
El alto lobo cuya extraña suerte
Es derribar la luna y darle muerte
Cuando enrojezca el mar la última aurora.
(Esto el Norte profético lo sabe
Y tan bien que ese día los abiertos
Mares del mundo infestará la nave
Que se hace con las uñas de los muertos.)
Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna
Quiso que yo también fuera poeta,
Me impuse. como todos, la secreta
Obligación de definir la luna.
Con una suerte de estudiosa pena
Agotaba modestas variaciones,
Bajo el vivo temor de que Lugones
Ya hubiera usado el ámbar o la arena,
De lejano marfil, de humo, de fría
Nieve fueron las lunas que alumbraron
Versos que ciertamente no lograron
El arduo honor de la tipografía.
Pensaba que el poeta es aquel hombre
Que, como el rojo Adán del Paraíso,
Impone a cada cosa su preciso
Y verdadero y no sabido nombre,
Ariosto me enseñó que en la dudosa
Luna moran los sueños, lo inasible,
El tiempo que se pierde, lo posible
O lo imposible, que es la misma cosa.
De la Diana triforme Apolodoro
Me dejo divisar la sombra mágica;
Hugo me dio una hoz que era de oro,
Y un irlandés, su negra luna trágica.
Y, mientras yo sondeaba aquella mina
De las lunas de la mitología,
Ahí estaba, a la vuelta de la esquina,
La luna celestial de cada día
Sé que entre todas las palabras, una
Hay para recordarla o figurarla.
El secreto, a mi ver, está en usarla
Con humildad. Es la palabra luna.
Ya no me atrevo a macular su pura
Aparición con una imagen vana;
La veo indescifrable y cotidiana
Y más allá de mi literatura.
Sé que la luna o la palabra luna
Es una letra que fue creada para
La compleja escritura de esa rara
Cosa que somos, numerosa y una.
Es uno de los símbolos que al hombre
Da el hado o el azar para que un día
De exaltación gloriosa o de agonía
Pueda escribir su verdadero nombre.
Jorge Luis Borges
MOMENTO ESTÉTICO
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